Programa de tratamiento del alcoholismo

La primera consulta tiene gran importancia para el futuro del paciente, por su impacto sobre la auto-percepción que el paciente tiene de su situación y, así mismo, sobre sus expectativas de tratamiento.

En esta primera consulta, y antes de iniciar el abordaje terapéutico del enfermo, éste debe ser evaluado.  Hay que analizar su historia de adicción y los intentos de deshabituación previos, el marco de relación familiar y social, aficiones, antecedentes personales y familiares, adicciones concomitantes (tabaco, café, psicofármacos, hábitos dietéticos, etc.). Debe llevarse a cabo un estudio psico-orgánico completo, además de una exploración física que comprenda el examen de los signos de la abstinencia alcohólica.  Ni las pruebas de laboratorio (que son necesarias) ni los cuestionarios diagnósticos reemplazan la necesidad de obtener una historia clínica completa sobre el enfermo alcohólico.

Una vez correctamente diagnosticado, el papel del profesional se orientará hacia la toma de conciencia por parte del enfermo alcohólico de su problemática y de sus consecuencias, haciéndole ver la necesidad de ayuda y de su implicación en un proceso terapéutico amplio en el que la abstinencia no es el único objetivo, aunque sí el inicial.  Esta intervención deberá adecuarse, en la forma y los modos, a las características de cada paciente, que ha de sentirse comprendido, en manos de un profesional capaz de ayudarle y en quien puede confiar.

Muchos pacientes dependientes del alcohol se acercan al tratamiento con la idea de aprender a beber con moderación o de que se les enseñe a beber y buscan la implicación del terapeuta en ello.  La recuperación exigirá al alcohólico cambios sustanciales en su forma de vida y en sus relaciones con la familia y el entorno social.

Tanto el alcohólico como su familia han de recibir un abordaje integral e integrado, con una propuesta terapéutica con objetivos claros y niveles de rehabilitación marcados y precisos.  El seguimiento será prolongado en el tiempo, se  el tratamiento farmacológico necesario y los recursos psicoterapéuticos que favorezcan la abstinencia y ayuden a la rehabilitación/reinserción social del enfermo.

La mayoría de los enfermos pueden beneficiarse de un inicio de tratamiento en régimen ambulatorio, lo cual permite que el paciente esté en su medio habitual, realizando las actividades cotidianas y con una considerable reducción de gastos sanitarios.  Lógicamente, para ello se requieren una adecuada cobertura familiar o social y la ausencia de complicaciones orgánicas y/o psíquicas graves.  De lo contrario, el tratamiento en régimen de hospitalización es el adecuado.

En estas etapas iniciales es útil una terapia de apoyo (psico-educativa), hasta cierto punto directivo, orientado a solucionar conflictos físico-patológicos y psicosociales que han ido apareciendo como consecuencia del consumo crónico del alcohol.  Estas sesiones deben aprovecharse para incrementar la concienciación del enfermo sobre su dependencia alcohólica dentro de un marco en el que el sujeto expresa y toma decisiones y recibe una actitud imparcial y comprensiva.

Hay que motivar al paciente a participar en una psicoterapia grupal.  El grupo, entre otros aspectos, ayuda a aceptar la condición de dependiente del alcohol, aumenta la motivación para mantenerse en el tratamiento, facilita niveles crecientes de autonomía, aborda las condiciones emocionales que acompañan al consumo de alcohol y la abstinencia, desarrolla capacidades para vivir sin alcohol de forma satisfactoria y ayuda a detectar y hacer frente a las situaciones de riesgo.

No son extrañas las reticencias iniciales a participar en una psicoterapia grupal; existe un miedo escénico al grupo, a lo que allí se va a encontrar, a su utilidad, poniéndose en evidencia muchos mecanismos de negación y racionalización del enfermo.